"Dentro de la cafetería" d'Emma López Bocache

2n. Premi Categoria Juvenil del 8è Concurs de Contes Castell de la Tossa

Era una semana ajetreada de febrero, de esas en las que divisas una nubecita tupida cuando se te caen las palabras, tu nariz se vuelve más roja de lo habitual... Al salir de mi edificio y girar la avenida Mayor, me detuve como todas las mañanas en la cafetería justo en frente del parque, a tomarme un café cargado.  Me quité el abrigo y me senté en esa mesa, que es prácticamente mía, a veces tengo la sensación de que me conoce  y cuando me ve doblar la avenida, y sentarme para pedir lo que es para mí el primer suspiro del día, en forma de líquido negruzco, se pone contenta. Me disponía a hacer mi ritual matutino, pese a que tenía todavía las manos entumecidas por el fío, el invierno se abalanzaba sobre mí, cual masa de agua, y la tarea se me hacía mucho más ardua aquellas fechas. Empecé a observar a todo el mundo de izquierda a derecha, esta vez.
Estaban todos muy preocupados con sus quehaceres, y casi todos tapados con una gruesas bufandas de colores vivos que contrastaban con el gris de las nubes, me pregunto si las comprarán de esos colores a propósito. Pero, entonces dejé de mirar a la calle y observé a los clientes del local con detenimiento.
A la derecha había un abuelo solo, con la mirada perdida,  no aparentaba los años que tenía, seguro,  sí físicamente,  pero no habían pasado los años para su espíritu. Me puse a imaginar su vida; Hace años vivía en una casa de pueblo donde había más animales que personas. Era el mayor de cinco hermanos. Era Justo, sí, tenía cara de llamarse así, un muchacho muy alegre y despreocupado,   que hacía de monaguillo en su pueblo y pasaba el día brincando por los canchales. Antes de irse a acostar al pajar, cubierto con no más que una manta y cuatro puñados de heno, Justo rezaba para que aquella noche los ratones le dejaran descansar. Pese a sus oraciones los ratones aparecían noche tras noche. Aparte de eso el chico era feliz en su pueblo.
Un domingo al acabar la misa, su tío le dijo: _ “Justo, eres ya un hombrecito con ocho años, ya puedes ir a trabajar, esta misma tarde saldrás hacia una finca que está a cinco kilómetros de aquí para guardar las ovejas del dueño.”_ El jovencito estuvo toda la comida callado, pensó que era más fácil que oponerse a la decisión de sus mayores y, después de la siesta, Justo partió hacia la finca. A partir de ese día, todas las mañanas el chico sacaba a las ovejas y se perdía por los montes llenos de almendros; no echaba de menos a su madre, y estaba contento de poder ejercer de pastor tan pronto. Una mañana, el niño se sentó a desayunar, ordeñó uno de los borregos y cogió unas cuantas almendras tiernas. Para abrirlas utilizó un par de piedras que encontró en el suelo y, después de saborear el amargo del quinto fruto seco, se machó un dedo intentando partir la siguiente. No era nada grave. Le salió un poco de sangre del dedo, pero entonces se acordó de su madre y se echó a llorar. Dejó el rebaño allí y corrió desde la montaña hasta la finca, donde estaba almorzando el propietario; _ ¿Qué te pasa hijo?_  le preguntó el dueño, pero no obtuvo respuesta alguna. Justo solo lloraba.
El pobre paisano llevó al zagal al pueblo y, una vez allí abrazó a su madre y le explicó que le había pasado en el dedo. Años después, Justo recuerda esto como una anécdota graciosa para contar a sus nietos y dice también que aprendió una lección.
Este personaje me gustaba. Pero de pronto, algo me despojó de mi ficción sobre el viejo, solo me dio tiempo a anotar no más de dos anécdotas.
Eran dos chicas, la primera se debía llamar Ariadna, era más bien rellenita, aunque mucho más corpulenta, no muy alta, pero tampoco de las más bajitas. Llevaba el pelo largo y desordenado, del color castaño del otoño, que le caía en la cara redonda y lechosa. Tenía unos ojos rasgados, para perderse, que despuntaban rayos delgados del día. No se reía mucho, pero, cuando lo hacía dejaba ver unas hileras de dientes alineadas y blancas. Sus manos, gruesas y con uñas largas y descuidadas, iban a juego con las piernas anchas.
Ariadna no era simpática, al menos a primera vista, pero cuando te acostumbras era de lo más cercana, aunque se enfadara a menudo. Siempre estaba dispuesta a ayudar, pero muchas veces la pereza la vencía, y, por supuesto, hasta que las ganas no llegaban, no había nada que hacer. Creo que bajo la dureza que solía mostrar de buenas a primeras, Ariadna escondía una fragilidad inverosímil, nunca se quitaba la coraza, y mostraba su apariencia más severa. De vez en cuando, sin embargo, se vislumbraban indicios de su dúctil personalidad. La definía su arrojo y su carácter extrovertido, junto con su agresividad en la manera de hablar y su hipocresía.
La otra chica, no logro dar con un nombre que conjunte con su aspecto, ya lo pensaré más adelante. Tiene miedo, miedo a volverse a enamorar, desde que se separó de su primer amor, Aarón. No es que no lo haya olvidado, o que lo siga queriendo, simplemente recuerda algún que otro momento, él siempre va a ser el primero. Como aquel día, con su olor pegado al cuerpo y su abrigo de cuero dando calor a… Paula.  Sentía una bola de energía en el estómago. No sabía si era una mezcla de nervios, frio y atracción por Aarón, o solo era el bocadillo que se acababa de meter entre pecho y espalda. Esa fue una buena noche, poco antes de empezar a salir. Pero como bien he dicho, Paula no siente pavor por nada relacionado con este chico, es porque si vuelve a enamorarse, quizá sea de una chica, pero hay las mismas posibilidades de que sea de un chico. Así es, Paula es bisexual, lo ha descubierto recientemente y solo lo sabe su mejor amiga. 
Al sentarse a mi lado, a la supuesta Paula se le cayó algo, era un folio arrugado, y doblado en cuatro partes,  escrito con tinta azul. Enseguida reconocí una versión del poema “Como tú” de León Felipe:


“Así es mi existir
represión,
dentro de mí. Dentro de mí,
miedo voraz;
dentro de mí,
temor acechante;
dentro de mí.
Demasiado pánico
por mis venas,
recorriéndolas;
dentro de mí,
aprensión en la que me refugio
me sirve de escudo
que en días de lluvia
me da cobijo
y después
me arropa
dándome calor
que poco a poco me abrasa;
Dentro de mí, espero
una noche cerrada
y mis heridas abiertas
sin pavor, ni cobardía
sin el dolor que ardía,
dentro de mí,
papel que se rompe;
dentro de mí
liberando tal vez
ese ave de gran plumaje
que ahora vuela
redimida
y
osada…”

Me guarde el papel en el bolsillo y reflexioné un instante sobre el significado del poema, pobre Paula. Conseguí olvidar el fragmento cuando divisé a un hombre con su hijo adolescente, ¿no debería estar en el colegio? , pero en seguida reparé en que hoy había una huelga estudiantil. Julián, el hombre, tenía una expresión seria en el rostro, parecía que le estaba dando una charla:
_Carlitos, hay cada vez más gente en contra de este tipo de huelgas, dado que las consideran pérdidas de horas lectivas, sobre todo casos de padres y profesores en colegios de Secundaria. Muchos de estos estudiantes se toman los días de protesta como un descanso de sus labores o un día festivo, no obstante, otros acuden a manifestaciones y se informan del motivo de la reivindicación, que es donde tendrías que estar ahora. Las huelgas convocadas por el Sindicato de Estudiantes normalmente afectan a alumnos de Universidades y Bachillerato, son estos los que protestan con más razón. Por lo tanto los manifestantes que más influyen son los que más protestan, así mueven montañas y consigues casi todo lo que se proponen. Eso no quiere decir que la secundaria no deba de participar Carlitos.
En definitiva, las huelgas estudiantiles son algo bueno y que ayuda a avanzar en educación, son eficaces. Pero habría que concienciar, sobre todo, a los estudiantes más pequeños como tú, ahora empiezan a tener esa “libertad” de decidir si protestar o no, de que las huelgas y manifestaciones son serias, no se convocan a la ligera y, por encima de todo, no son días de fiesta._
Sin embargo el tal Carlitos, alto y delgado cual palillo y con una mata hirsuta y tupida en la cabeza,  no pensaba en nada de lo que su padre le explicaba, solo cavilaba. Pensaba en que le habían dicho que si pasaba cerca de las vías cuando el tren estaba en marcha, una piedra que estuviera cerca de los raíles podía saltar y quedarlo tuerto o ciego. Desde entonces, Carlitos no miraba al gusano férreo y ruidoso a la cara, pero aquel día, alzó la cabeza y miró al ferrocarril a los ojos. No pasó nada.
Me iba a fijar en una pareja que parecía estar en pleno ascendente amoroso, cuando escuché una voz lejana y suave.

_ Vamos doña Adela, deje que le acompañe a la habitación, que ya empieza a refrescar ¿no cree?, ¿con que soñaba despierta esta vez?-